Un ser óptimo y funcional para la vida misma requiere aprender a desarrollar una inteligencia emocional desde temprana edad, que le permita generar equilibrio entre sus capacidades, su desempeño y su forma de interactuar ante los estímulos internos y externos.
La inteligencia emocional pretende la armonía entre
emoción y cognición. Las emociones proporcionan avisos ante momentos difíciles, circunstancias sorpresivas y tareas por resolver.
Shapiro, Avia y col. (citado en Rionda, Bello y Rodríguez, 2010) destaca algunos elementos recurrentes presentes en la emoción, los cuales pueden
servir de guía para su caracterización:
Son respuestas a estímulos internos o externos,
significativos para la persona; carácter dual, son positivas o
negativas: muestran patrones de respuesta diferenciados en
los planos fisiológicos, expresivos y conductuales; manifestación breve e intensa; su función fundamental es adaptativa o de ajuste al
medio; implican una relación bilateral con la cognición, en
tanto la evaluación de la situación o estímulo desencadenante
es parte de la respuesta emocional.
Explica Bisquerra R, que se ha dado un rompimiento con la hegemonía de la razón a favor de la
armonía entre razón y emoción, debido al aumento de los índices de violencia, evidencias de que lo cognitivo por sí mismo no
contribuye a la felicidad, también que el rendimiento académico
no es garantía del éxito profesional y personal, así como la creciente preocupación por el bienestar, el estrés y la
depresión, lo que ha llevado a la búsqueda de habilidades
de afrontamiento, con base en la neurociencia y
la psiconeuroinmunología, entre otros.
Por su parte Goleman acuña cinco dimensiones para articular la inteligencia emocional: la conciencia
de uno mismo, la autorregulación, la automotivación, la
empatía y la capacidad de relación. Mismas que son aprendidas y, por lo tanto, susceptibles de ser
desarrolladas. Para este autor, la inteligencia emocional es ‘‘la capacidad de reconocer nuestros propios
sentimientos, los sentimientos de los demás, motivarnos
y manejar adecuadamente las relaciones que sostenemos
con los demás y con nosotros mismos’’. (citado en Rionda, Bello y Rodríguez, 2010).
La teoría de la inteligencia emocional ha sido motora de cambio en la forma de cómo se describe a la persona
inteligente, por lo que educar a los seres humanos en ella es un
imperativo actual.
Se ha dado lugar al diseño de programas de educación emocional para todas las edades y diversos ámbitos del quehacer
humano como la escuela, la familia o la empresa. La mayoría de estos programas suelen tener un carácter preventivo o
interventivo. Sin embargo, su principal objetivo -aún en vías de desarrollo- es propiciar la comprensión de lo que efectivamente está ocurriendo en la esfera emocional, personal y social, de tal manera que el individuo logre disponer de
recursos que contribuyan a un mejor ordenamiento de
las emociones en función del crecimiento personal y colectivo.
Nuestros niños y jóvenes necesitan estar preparados para
enfrentar situaciones que años atrás no existían, de ahí la importancia de ser educados emocionalmente en la escuela y la familia.
Referencia:
Rionda-Sánchez, H D; Bello-Dávila, Z; Rodríguez-Pérez, M E; (2010). La inteligencia emocional y su educación. VARONA, (51) 36-43.
Recuperado de http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=360635569006
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